22 mar 2011

Ligero Cambio


Se sentía rutinaria y gris, sus gestos eran precisos para cada momento, la misma idea le parecía una nueva, nunca le hizo un reclamo al espejo.
Aquel singular día de julio, el cantar de los gallos interrumpió lo que sería un prolongado sueño. Sus pies se arrastraban por el frío piso, y se acoplaron con su mirada opaca para exhalar el suspiro diario. Se preparó para enfrentar a la sociedad cruel del subterráneo, frunció sus cejas y su mirada proyectaba aún más sequedad. Aparentemente todo seguía igual, como ya su mente lo había programado. Entre sonrisas y una conversación vacía, echó un vistazo esporádico ignorando los puntos cardinales; sus ojos se encandecieron por los destellos que provenían de aquellos poros,  sus párpados se avivaron, el color pálido de su piel palpó la sangre y sus latidos danzaban  la Sonata n°11 de Mozart. Desconcertada del por qué de su asombro, dejó su rostro fijo hacia él, un extraño más entre tantos.  Aquella cabellera cubría su espalda como el agua a las montañas, sus brazos eran lienzos, inspiraba desdén hacia todo lo que allí había, incluyendo a ella. Cruzó la puerta y partió a su rumbo, distinto al de él.
La noche cayó, presumiendo a la luna con su mejor vestido. Las voces, las guitarras y las luces que ambientaban el lugar fueron suplantadas por el rostro reflejado en sus pupilas, ese espectro que ahora es la causa de sus desvelos injustificados  y su locura torpe.

...Se siente rutinaria y gris, sus gestos son precisos para cada momento, la misma idea le parece una nueva, nunca le hace un reclamo al espejo...

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